El veneno silencioso del matrimonio.
- 27 jul
- 4 min de lectura

Hay matrimonios que parecen esas paredes recién pintadas que uno ve desde la calle, todo se mira bonito, limpio y hasta da gusto pasar por enfrente. Pero basta con entrar para descubrir que por dentro hay humedad, grietas y un olor raro que nadie quiere mencionar. Algo parecido pasa con muchas parejas. Se toman fotos sonriendo, sirven juntos en la iglesia, hasta discuten quién sube la foto del aniversario pero en la intimidad de la casa el ambiente se volvió pesado. No porque dejaron de amar a Dios, sino porque poco a poco comenzaron a respirar un aire que ya no era sano.
Lo curioso es que la toxicidad casi nunca entra haciendo escándalo. Nadie se levanta una mañana diciendo: "Hoy voy a tratar mal a mi esposa" o "Hoy voy a hacer sentir menos a mi esposo". Empieza con pequeñas cosas. Una comparación aquí, una burla allá, un comentario disfrazado de chiste y otro de esos silencios que castigan más que un grito. Como dice Cantares 2:15, son las pequeñas zorras las que echan a perder la viña. Nunca parecen peligrosas hasta que un día uno se pregunta en qué momento dejaron de disfrutar estar juntos.
Las comparaciones suelen ser de las primeras en aparecer. "Mire al esposo de su amiga, ese sí ayuda en la casa", "¿Ya vio cómo la esposa de fulano siempre anda arreglada?", "Ojalá usted fuera un poquito como". Y aunque uno crea que solo está haciendo un comentario, el otro escucha algo muy distinto: "No eres suficiente".
Es difícil sentirse amado cuando siempre parece que alguien más hace todo mejor. Dios nunca diseñó el matrimonio para competir con otros. Él une a dos personas diferentes para escribir una historia única, no para copiar la de los vecinos. Porque, siendo sinceros, uno nunca sabe lo que realmente pasa detrás de la foto familiar que tanto admira.
Después llega algo todavía más peligroso: comenzar a mirar de menos a la persona que un día prometimos honrar. Ya no celebramos sus esfuerzos, solo señalamos lo que hace mal. Nos volvemos expertos en corregir, pero muy malos para agradecer. Hay esposos que no recuerdan la última vez que felicitaron a su esposa, pero sí pueden hacer una lista completa de todo lo que olvidó esta semana. Y también hay esposas que ya no ven al hombre con el que se casaron, sino un proyecto interminable de remodelación. Pobrecito... pareciera que nunca pasa la inspección.
El sarcasmo merece un capítulo aparte, porque es uno de los venenos favoritos del enemigo. Tiene la habilidad de disfrazarse de humor. "Solo estaba bromeando", "es que usted no aguanta nada", "relájese, hombre". Todos se ríen menos el corazón que recibió la broma. Hay palabras que arrancan carcajadas en la sala, pero lágrimas en la almohada. Efesios 4:29 nos recuerda que nuestras palabras deben servir para edificar. Es decir, cuando mi esposo o mi esposa termina una conversación conmigo, debería sentirse más fuerte, más valorado y más amado, no más pequeño.
Con el tiempo también aparece esa costumbre de sacar el archivo completo de los errores. Uno empieza discutiendo porque alguien dejó una toalla sobre la cama y termina recordando lo que pasó hace seis años en una Navidad, el cumpleaños que olvidó o aquella discusión con la suegra que parecía archivada para siempre. Hay matrimonios que no discuten el presente; simplemente hacen turismo por el pasado y así es muy difícil sanar. Jesús jamás nos enseñó a coleccionar ofensas para usarlas cuando llegara el momento oportuno.
Quizá la señal más triste sea cuando la honra desaparece. Ya no hay palabras de admiración, casi no existen abrazos espontáneos y todo gira alrededor de las cuentas, los hijos y las responsabilidades. La casa funciona, pero el corazón dejó de sentirse en casa. Es posible compartir la misma cama y, al mismo tiempo, vivir muy lejos el uno del otro.
La buena noticia es que Jesús tiene la costumbre de devolverle vida a lo que parecía perdido. Él no solamente restaura matrimonios después de una infidelidad o de una gran crisis; también sana esas pequeñas grietas que llevan años creciendo en silencio.
Cuando Cristo vuelve a ocupar el centro del hogar, las comparaciones se transforman en gratitud, el sarcasmo da paso a palabras que bendicen y la crítica comienza a convertirse en honra. Porque el amor no crece donde siempre hay razón; el amor crece donde existe humildad para reconocer: "Perdón, puedo hacerlo mejor".
Tal vez hoy la pregunta no sea si su matrimonio tiene problemas, porque todos los tenemos. La pregunta es mucho más sencilla: ¿su esposo o su esposa encuentra descanso cuando está a su lado, o siente que debe caminar con cuidado para no recibir otra crítica, otra comparación o una broma que vuelva a herirlo? Si la respuesta duele un poco, no la vea como una condena. Véala como una invitación de Dios. Después de todo, el mismo Señor que convirtió agua en vino también puede transformar un hogar donde el amor comenzó a quedarse sin aire en un lugar donde vuelva a respirarse gracia, ternura y esperanza.




Comentarios