El filtro que está dañando tu matrimonio

Vivimos en una época curiosa. nunca habíamos tenido tanto acceso a la vida de otras personas y, al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil engañarnos sobre cómo es realmente esa vida. Abrimos las redes sociales y encontramos matrimonios sonrientes en la playa, aniversarios llenos de flores, cenas románticas perfectamente iluminadas y familias que parecen recién salidas de una película. Todo luce impecable. Todo parece feliz y perfecto.
El problema comienza cuando dejamos de mirar esas publicaciones como lo que son, momentos seleccionados y completamente editados o planeados y empezamos a compararlas con nuestra realidad diaria. Porque mientras aquella pareja aparece abrazada frente al atardecer, nosotros estamos discutiendo porque alguien olvidó pagar el recibo de la luz. Mientras otros publican una foto con la descripción "mi amor para siempre", nosotros estamos negociando quién va a sacar la basura o quién dejó los platos en el fregadero desde ayer.
Recuerdo a una pareja que llegó a consejería preocupada porque sentían que su matrimonio estaba fallando. Cuando comenzamos a conversar, descubrimos que no había infidelidad, ni violencia, ni una crisis profunda. Lo que había era una enorme decepción porque su vida no se parecía a la que veían en internet o la que había imaginado. Ella pensaba que un esposo enamorado debía sorprenderla constantemente. Él creía que una esposa feliz nunca tendría quejas. Ambos estaban frustrados, no porque su matrimonio estuviera roto, sino porque estaban intentando vivir una fantasía.
Y siendo sinceros, a veces nosotros mismos alimentamos esa ilusión. Publicamos la foto después de una hermosa cena, pero no contamos que diez minutos antes discutimos porque nadie encontraba las llaves del carro. Compartimos la imagen de las vacaciones, pero omitimos que los niños se pelearon durante medio viaje y que uno de nosotros terminó de mal humor. Como decimos, mostramos el pastel, pero escondemos la cocina llena de trastes.
La realidad es que los conflictos no son evidencia de que un matrimonio está mal. Son evidencia de que dos seres humanos distintos están aprendiendo a caminar juntos. Toda pareja atraviesa desacuerdos, temporadas difíciles, diferencias de opinión y momentos de cansancio. El problema no es que existan conflictos; el problema es creer que no deberían existir.
La Biblia nunca promete matrimonios perfectos. De hecho, nos muestra relaciones reales, con virtudes y defectos. En Efesios 4:2, Pablo escribe: "Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor". Me llama la atención que no habla de perfección, sino de paciencia. No habla de una relación sin problemas, sino de personas que aprenden a amarse mientras lidian con sus diferencias.
Cuando dejamos de perseguir una versión idealizada del matrimonio, comenzamos a disfrutar el verdadero regalo que Dios nos dio. Descubrimos que el amor no siempre se parece a una cena romántica; a veces se parece a preparar un café para el otro cuando está cansado. Descubrimos que la fidelidad no siempre luce espectacular; muchas veces luce como permanecer presentes en los días ordinarios. Y entendemos que la madurez matrimonial no se mide por la ausencia de problemas, sino por la forma en que los enfrentamos juntos.
Quizá el secreto de un matrimonio saludable no sea encontrar a alguien perfecto, sino aprender a amar a una persona real. Una persona que tendrá días buenos y malos, fortalezas y debilidades, momentos de fe y momentos de cansancio. Al final, los matrimonios más fuertes no son los que nunca enfrentaron tormentas. Son aquellos que dejaron de compararse con las historias editadas de otros y decidieron escribir, con la ayuda de Dios, una historia auténtica propia.
Elimina los "filtros" que pones a tu matrimonio porque las mejores relaciones no son las que se ven perfectas en una fotografía. Son las que, aun con defectos, siguen escogiendo el amor cada día. Y eso, aunque no siempre genere muchos "me gusta", tiene un valor eterno.




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