No sé por dónde comenzar.
- 21 abr
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Hay decisiones en la vida que marcan un antes y un después. No todas se sienten grandes en el momento, pero con el tiempo revelan su verdadero peso. En el matrimonio, muchas decisiones se toman en conjunto: dónde vivir, cómo criar a los hijos, cómo enfrentar las crisis. Pero hay una decisión que no solo transforma la convivencia, sino que redefine el propósito mismo de la relación: decidir caminar con Jesucristo como el centro del matrimonio.
Si hoy se preguntaran qué les ha hecho sentirse realmente plenos, probablemente encontrarían respuestas distintas, pero con un elemento en común: aquello que los apasiona. El problema es que en el matrimonio, esa pasión a veces se enfría. Las responsabilidades, las heridas, la rutina o incluso las decepciones pueden apagar lo que antes era intenso. Y entonces surge la pregunta honesta: ¿Qué pasa si ya no sentimos esa pasión?
La respuesta no está en una fórmula, ni en una experiencia idéntica para todos. La relación con Dios no se construye desde lo perfecto, sino desde lo real. Muchos han llegado a Él en medio de dudas, otros en medio de dolor, y otros simplemente buscando algo más. Pero hay algo que se repite una y otra vez: cuando un matrimonio decide acercarse a Dios, con el tiempo reconocen que ha sido la mejor decisión que han tomado.
Es importante entender algo desde el inicio: no pongan su mirada en las personas. En algún momento alguien dentro de una iglesia puede fallarles, puede decepcionarlos o no cumplir sus expectativas. Eso no invalida a Dios. La Biblia lo expresa con claridad en Salmos 118:8: “Es mejor refugiarse en el Señor, que confiar en el hombre.” Cuando un matrimonio entiende esto, deja de construir su fe sobre la gente y empieza a edificarla sobre una relación personal con Dios.
Acercarse a Dios en pareja es muy parecido al crecimiento de un bebé. No se comienza entendiendo todo, ni viviendo una fe madura de un día para otro. Se empieza poco a poco. Primero con lo básico, conociendo, preguntando, escuchando. Luego, con el tiempo, esa relación se fortalece, se profundiza y se vuelve parte esencial de la vida diaria. Lo mismo ocurre en el matrimonio: cuando ambos deciden crecer espiritualmente, la relación también madura, se fortalece y encuentra un nuevo nivel de conexión.
Ahora bien, esta decisión requiere movimiento. No basta con querer algo diferente si se sigue haciendo lo mismo. Si desean un matrimonio distinto, tienen que empezar a vivir de forma distinta. Buscar a Dios juntos, hablar de Él, orar aunque al inicio se sienta extraño, leer su palabra, y sobre todo, abrirle espacio real dentro de la relación. Porque Dios no irrumpe, Él espera ser invitado.
Entregarle el matrimonio a Jesús no es un rito complicado. Es una decisión sincera. Es decirle, en medio de la realidad que están viviendo: “Te necesitamos”. Es reconocer que no siempre han sabido cómo hacerlo bien, pero que están dispuestos a aprender. Es hablar con Él como se habla con un amigo, sin máscaras, sin perfección, pero con un corazón dispuesto. Y cuando eso sucede, algo empieza a cambiar, no de inmediato en las circunstancias, pero sí en el interior de cada uno.
Parte de ese crecimiento también implica tomar una decisión que muchos postergan: congregarse. Asistir a una iglesia no es cumplir con una obligación religiosa, es abrirse a un espacio donde el matrimonio puede ser fortalecido, enseñado y acompañado. Es rodearse de personas que, aunque imperfectas, están caminando en la misma dirección. Un matrimonio que se aísla se debilita; uno que se conecta, crece.
Servir a Dios como pareja también transforma la dinámica del hogar. Porque el enfoque deja de ser únicamente “nosotros” y se amplía hacia un propósito mayor. Servir no siempre será en algo grande o visible, muchas veces comienza en lo pequeño, pero produce algo profundo: unidad. Cuando ambos trabajan hacia un mismo propósito espiritual, las diferencias dejan de ser divisiones y se convierten en oportunidades para crecer.
Habrá momentos en los que fallen. Momentos en los que retrocedan o sientan que no avanzan. Eso no los define. Lo que define el rumbo del matrimonio es la decisión de levantarse una vez más y seguir buscando a Dios. La perseverancia espiritual en pareja no es perfección, es constancia.
Al final, un matrimonio que decide caminar con Jesús no se vuelve perfecto, pero sí se vuelve firme. Aprende a amar mejor, a perdonar más rápido, a tener esperanza aun en medio de tormentas. Y sobre todo, descubre que la plenitud que tanto buscaban no estaba en lo que podían construir por sí solos, sino en lo que Dios podía hacer en ellos y a través de ellos. Esa decisión sigue estando disponible hoy. No es tarde. No es complicada. Pero sí es trascendental.




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